Fotograma de 'El mago de Oz', de Victor Fleming.
Fotograma de ‘El mago de Oz’, de Victor Fleming. Topham / Cordon Press

1. Imaginarios

Lo único que me gusta de los antigripales es que me ponen a dormir con una placidez desconocida desde que Rajoy llegó a La Moncloa. Hace unos días, por ejemplo, me desperté tras una de esas ligeras pesadillas de las que nunca salgo indemne: corría a través de un campo verdísimo, en algún lugar más allá del arco iris, acompañado por un espantapájaros y un hombre de hojalata tocado con un embudo invertido. Ignoro adónde nos dirigíamos, pero en algún momento tuve la desagradable sensación de que huíamos de una tropa de enanos (124 para ser exactos) que se empeñaba en seguirnos. Cuando desperté —y, aparte de censurarme por haber pensado en “enanos” en vez de en personas de talla alternativa, como, frente al DRAE, requiere la corrección política— pude echar mano a mi imaginario personal y darme cuenta de que en mi peripecia onírica sólo faltaba la joven Judy Garland cantando con los 124 midgets que intervinieron en el rodaje de la célebre película (1939) de Victor Fleming. Ignoro por qué soñé con El mago de Oz, a no ser que, por muy lejanos caminos, en mi sueño (la vía real al inconsciente, según Freud) se revolviera mi lectura de Años felices (Anagrama), la última novela de Gonzalo Torné, a propósito de quien Ignacio Echevarría dijo en su momento que la “narrativa española sólo muy raramente tiene oportunidad de asistir al surgimiento de un escritor de [su] categoría”: una apodíctica aseveración (con vocación de peritexto de cubierta) ante la que solo me queda apostillar con la expresión “por Dios”, la misma con la que el crítico mencionado ha mostrado en alguna ocasión su asombro (y fastidio). No es que la larga (y, a veces, tediosa) novela tenga que ver con la película, para nada. Lo del tedio se refiere, sobre todo, a que el lector pertinaz deberá internarse con paciencia, a través de la deslavazada primera parte —repleta de personajes planos como láminas de hojalata que se mueven dando bandazos por un Nueva York de diorama—, para que el prolijo relato empiece a mostrar lo mejor que lleva dentro. Claro que, si el esforzado lector lo consigue, las historias de los miembros más jóvenes de las cuatro familias (uno de ellos, considerado “por el The Washington Post como una de las 50 fortunas jóvenes de América”), cuyas relaciones y peripecias componen el núcleo básico de la novela, se van ordenando como piezas de un puzle cuyo diseño quizás ha tardado más de lo conveniente en mostrarse. No, Años felices no tiene nada que ver con El mago de Oz, pero sí con el conocimiento que el autor tiene de la gran literatura anglosajona: repleta de homenajes (títulos, situaciones, referencias) como otros tantos guiños de ojo un tanto exhibicionistas al lector leído y cómplice, esta novela romántica (en el sentido en que también lo es, por ejemplo, El gran Gatsby) resulta ser, a la postre y a su manera, una elegiaca reflexión sobre el tiempo, la amistad, la vocación literaria y las ilusiones (literarias) más o menos perdidas. En fin, que a mí el esfuerzo me valió la pena. Y, ahora, espero con impaciencia lo que digan los críticos, que son los que saben.

2. Ellas, poetas

Pequeña, pero excelente, cosecha de poemarios de mujeres. En primer lugar, debo referirme a las cuarenta y tantas poetas pioneras (no me acaba de gustar “poetisas”) recogidas por mi admirada Clara Janés en Las primeras poetisas en lengua castellana, una antigua antología que ha reeditado Siruela con honores de estreno, ampliada y con nuevo prólogo de la compiladora. Además, sobre mi mesa, lleva semanas abierto el volumen que contiene la Poesía completa (Lumen) de ese irrepetible y doliente meteoro que fue Alejandra Pizarnik (1936-1972), de quien no me resisto a transcribir unos versos estremecedores: “no atraigas frases / poemas / versos / no tienes nada que decir / nada que defender / sueña sueña que no estás aquí / que ya te has ido / que todo ha terminado”. Por último, Amalia Iglesias Serna (1962), una de las más consistentes poetas de su generación, regresa tras un silencio de más de un lustro con dos poemarios muy diferentes: La sed del río (Reino de Cordelia), reciente premio Ciudad de Salamanca, y Tótem espantapájaros (Abada), un conjunto de poemas-cuerpo, “espacios simbólicos subjetivos de identidad y memoria”, que adoptan la forma de caligramáticos y simbólicos monigotes.

3. PCE

Hace tiempo que la matanza de Atocha se ha convertido en uno de esos “lugares de la memoria” (Pierre Nora) que surgen para preservar una relación emocional con un pasado amenazado por el olvido y que ya no palpita en el presente. Todo ha cambiado desde aquel terrible 24 de enero de 1977. También en el PCE, legalizado semanas más tarde, y que fue abandonando sus señas de identidad en el camino. Dos libros revisan diversos aspectos referentes a aquel que, durante muchos años, fue el “partido” por antonomasia. En La legalización del PCE (Alianza; 26 enero), Alfonso Pinilla García, que ha fundamentado buena parte de su relato en los archivos de José Mario Armero (al que accedió gracias a Pilar Urbano, prologuista del libro), se concentra precisamente en la “historia no contada” de aquel acontecimiento clave en la Transición hacia la democracia. Por su parte, El Partido Comunista de España (1956-1982), de Carme Molinero y Pere Ysàs (Crítica; en librerías la próxima semana), examina la intensa vida del PCE desde la “política de reconciliación nacional” de los cincuenta hasta las purgas y expulsiones de los ochenta, analizando el papel del partido en la sociedad española durante un periodo en el que llegó a obtener una representación política de 23 diputados.

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