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Entramos en el edificio que alberga el gran banco de ‘cabezas donadas’

De algunos lóbulos ya han salido soluciones a enfermedades como el ELA

  • PACO REGO

14/01/2017 15:54La habitación, sin ventanas, está rodeada de cajas transparentes perfectamente alineadas como libros en estanterías. Dentro de cada una de esas cajas, similares a táperes de plástico, duerme una historia. Cerca de medio millar. Ver tantos cerebros juntos impone. Muchos están sanos. A otros la demencia les ha dejado de recuerdo unos surcos anchos como dedos. En un lateral, medio oculto por el baño turbio del formol, reposa el de más edad. Es el de Antonio, 103 años. Una poco más allá, el benjamín, el de un joven de 18. El estudiante y el carpintero.

Estamos en el banco de cerebros de la Fundación CIEN, un referente en España y uno de los más importantes del mundo. Dentro de un edificio inteligente, impoluto, que se alimenta de los rayos del sol. Nos rodean 483 cerebros. El cerebro de un profesor, el de una ama de casa, de un jurista, de un obrero, el de una rica de la jet… No hay nombres por ninguna parte. Aquí todo es hermético, discreto.

Todos los cerebros están marcados con una clave. El de Antonio, carpintero en vida, es una joya. Muy pocos logran cruzar la frontera de los 100 con los cinco sentidos prácticamente intactos. Él lo hizo. Su asombrosa lucidez a menudo animaba las charlas de parque con los de su barrio. Llegó a esta catedral de los cerebros por decisión de la familia. No es el único. Otros 573 españoles -mujeres y hombres- ya han firmado que su masa gris se quede aquí para siempre. La edad no cuenta. Con sólo 16 años, Marta Pérez Campos decidió regalar el suyo. No es lo mismo que dar un hígado o un riñón. El trasplante de cerebro es una quimera. Y Marta, cumplidos los 22, lo sabe. Pero quiere que, cuando ella ya no esté, los científicos le saquen partido al ordenador que lleva en su cabeza.

El del carpintero tardó 102 años en dar síntomas de desgaste. Viajaba, leía, iba al fútbol, no se perdía una tertulia con los amigos… Un portento a su edad. Fue unos meses antes de morirse -a los ¡103!- cuando aquel hombre, capaz de hacer virguerías con un tablón de madera, empezó a tener lagunas. ¿Qué le mantuvo tan lúcido durante más de 100 años? “Hay sospechas, pero aún es pronto…”, dice el neuropatólogo Alberto Rábano Gutiérrez. Es el espejo en el que se han mirado los nuevos biobancos de Murcia, Córdoba, Salamanca y León.

Todo tiene que empezar en alguna parte. Y en este caso, el más allá de la carne humana comienza en una mesa de acero inoxidable, bajo un gran foco de luz. Encima de un paño blanco, un martillo, un bisturí, pinzas de varios tamaños y formas… “Nuestro equipo está entrenado para hacer una extracción a cualquier hora del día o de la noche”, cuenta el artífice de esta singular biblioteca de cerebros donde el silencio parece abrazarte. Cuando Crónica les visita, antes de que acabara 2016, llevaban 89 extracciones realizadas, seis más que el año anterior. Son donaciones poco conocidas. Un tema incómodo, tabú. En 20 minutos separan el cerebro del cuerpo sin vida. La mitad derecha se congela a 80 grados bajo cero. La izquierda, responsable del lenguaje, entre otras funciones, se prepara para su estudio, cortándola, laminándola y tiñéndola para que las diferentes neuronas sean visibles. Entonces buscarán ahí el origen de las demencias.

Rábano se ajusta los guantes de látex y sostiene el cerebro de Antonio, sumergido en formol. Lo mira con devoción. “Es único”. Pesa 1.250 gramos. Y en él hay puestas sobradas esperanzas. En esa red de unos 160.000 kilómetros de nervios que forman la sustancia blanca y que hace posible que podamos pensar, sentir y percibir, se esconden los porqués de una memoria tan longeva. Porque Antonio, al fallecer, se fue sin que el Alzhéimer o el Párkinson devoraran su mente de 103 años. Y eso que el riesgo más alto es la edad avanzada.

¿Por qué la del carpintero no? Rábano prefiere evitar adelantos. El centenario cerebro tiene que volver al tubo, a esa máquina de tomografía 600 veces más potente que la que se utiliza en los hospitales, para poder verlo en lonchas y a color. “Uno de los problemas es la enormidad de conexiones que hay ahí dentro, es un universo en miniatura”, resume el científico tras haber buceado en 2.500 cerebros durante 20 años. Primero en la Universidad Complutense de Madrid, y desde hace nueve años en el biobanco de la Fundación CIEN (Centro de Investigación de Enfermedades Neurológicas), su gran obra, levantado a las afueras de la capital.

“A veces -cuenta Rábano- aparece alguien y nos pide que le enseñemos el cerebro de su esposo o el de su mujer, normal, es la parte del cuerpo más enigmática y la que despierta mayores sentimientos…”. O llega lo inesperado y te quedas frío. Ocurrió hace un año. Tras extraer un cerebro, la hija del difunto llamó para decir que aquel no era su padre. La funeraria se había equivocado y les envió el cuerpo equivocado.

Entre los cerebros famosos que aquí se guardan para su estudio figuran los de algún financiero, millonarios, gente de la jet… Incluso estuvo durante un tiempo el cerebro de la esposa de Mario Conde, Lourdes Arroyo, fallecida a causa de un tumor cerebral. “Quisimos contar con el de algún político destacado de la Transición, pero al final no pudo ser”, comenta Rábano. [¿El de Adolfo Suárez, tal vez, al que la demencia le borró la memoria hasta el extremo de no saber quién era?].

El de Antonio, nuestro carpintero centenario, no aparenta los años. Como si el reloj hubiese corrido más lentamente para él. La pregunta es ¿por cuánto tiempo más? Nadie se arriesga. Los científicos han visto “pequeñas alteraciones anatómicas”, primitivas señales que apuntaban a una avería progresiva de su mente. Pero desconocen la velocidad.

El panorama es desolador. En los próximos 40 años se espera que las demencias se incrementen un 125% a nivel mundial. Y cada año se detectan 4,6 millones de nuevos casos de Alzhéimer, o lo que es lo mismo, cada siete segundos una persona en el mundo es diagnosticada. En España lo padecen 1,2 millones, con lo que el número de perjudicados -entre enfermos, familiares- golpea en torno a seis millones de ciudadanos. Es la epidemia del siglo XXI. “Y la única manera de ponerle remedio es manejando cerebros reales como el de Antonio y todos estos”, añade el neuropatólogo.

En el biobanco de la CIEN se encargan de todo el proceso de donación -es gratis y sin dinero a cambio; el entierro no entra-, así como del archivo, diagnóstico y clasificación de las muestras de cerebros. Algunas irán a otros centros de investigación. Como el Instituto Karolinska de Estocolmo (Suecia), que cada año elige al Nobel de Medicina. “Les cedimos muestras para que pudieran estudiar la relación entre Alzhéimer y diabetes”, explica el neuropatólogo. Hay más.

Uno de los cerebros guardados en este biobanco de Madrid, el de una mujer, ha servido para descubrir un gen clave en la aparición de una de la enfermedades más temidas, la esclerosis lateral amiotrófica, o ELA. Un hito que “abre el camino a la obtención de nuevos medicamentos” y que la prestigiosa Nature Communications llevó a sus páginas. [En España se diagnostican cerca de 750 casos de ELA al año, alrededor de dos al día, y se calcula que aproximadamente 2.800 personas hoy sufren el mal].

A Clara, 53 años y madre soltera, no le fue fácil tomar la decisión. “Todos en la familia me decían que aún era muy joven para pensar en eso y que podía cambiar de idea. Lo veían como una locura”, cuenta ella. “Al final no les hice caso, hoy estás aquí y mañana quién sabe… No me arrepiento”.

La chispa que le abrió los ojos saltó al ver un documental en televisión. “Salía un científico americano pidiendo a la gente que se animara a donar por el bien de todos. Y detrás de él, apilados en urnas, aparecían decenas de cocos reales. No olvidaré jamás aquella imagen, me sobrecogió. Era de película futurista. Yo, por supuesto, sabía lo que se hace con los órganos y tejidos pero nunca imaginé que existían almacenes de cerebros humanos”.

El de Madrid, uno de los 12 que hay en España, ha estado recibiendo los procedentes de Castilla y León y también de Canarias. “Es una práctica que va despacio pero en aumento. Y cada año supera la cifra del anterior”, indica el doctor Rábano. También los vivos se apuntan: 1.200 voluntarios con edades que van de los 70 a los 85 años se han prestado a que les estudien sus mentes, gracias a un acuerdo con el Centro de Alzhéimer de la Fundación Reina Sofía. Un moderno edificio, pegado al banco de cerebros, que acoge a quienes padecen esta demencia. Y así, cuando fallezcan, esa parte de sus cuerpos ocupará un espacio en este templo de los cerebros.

Y es que todos (sin excepción) podemos regalar el nuestro, incluso si hemos padecido alguna enfermedad neurodegenerativa. Hay un matiz: ser donante de órganos no significa que lo seas también de cerebro. De los primeros se encarga la Organización Nacional de Trasplantes (ONT). Los cerebros, en cambio, al no ser aptos para trasplantar, solo se usan en investigaciones. Son dos procesos diferentes. Tienes que hacerte donante de órganos… y, aparte, de cerebro.

Un plan que a Antonio no se le había pasado por la cabeza. Fue por la mediación de un familiar, asombrado por la lucidez de aquel anciano, como su cerebro llegó a las manos de los investigadores. “Un regalo impagable”, celebran. Saben que entre las arrugas de esa nuez de 103 años duerme el grial que andan buscando.

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