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La cantera Luis Ventoso

El pasmo de Portugalete da un paso al frente

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A golpe de vista, sin pararme a pensarlo demasiado, a mí Patxi López me cae bien. Me iría con él de potes por Bilbao tranquilamente. Estoy seguro de que nos lo pasaríamos de traca charlando de música por Pozas mientras nos pillábamos un contento (pincho va, zurito viene). Es un pirado de la música, como yo, mantiene un blog donde escribe sobre sus artistas favoritos y posee una colección de 8.000 discos, que incluye rarezas. Por ejemplo, colecciona versiones del “Knockin’on heavens door” y hasta se ha hecho con una de un coro del Ejército ruso (ay, pobre Bob). Patxi encaja en el celebrado perfil del bilbaíno majetón. Un tío agradable, sin mamonadas, llano y próximo, a pesar de su timidez.

Pero políticamente cuesta descubrir en qué consisten exactamente las cualidades del que nació como Francisco Javier López Álvarez. Seamos sinceros, el bueno de Patxi no es precisamente una lumbrera. Además, cuando fue llevado a su techo de competencia –la presidencia vasca merced al apoyo del PP–, se distinguió por no ser nada majetón. Jamás ha tenido la generosidad de agradecer el gesto del otro gran partido constitucionalista, que le dio gratis sus votos por un motivo bien sencillo: tratar de afianzar en el País Vasco el sentimiento de pertenencia a España y desmontar la máquina de propaganda del PNV, que había gobernado desde siempre. Patxi, que sabe mucho más de música que de política, no entendió nada. El pasmo de Portugalete se convirtió en uno de los padres fundadores del virus que ha dejado al PSOE en el chasis: el filonacionalismo. Tuvo algunos gestos honorables, como invitar a las víctimas a su toma de posesión (algún día habría que hablar en serio de la miseria moral del PNV con quienes eran reventados por ETA). Pero pronto decepcionó a los votantes que esperaban que ventilase la casa para arriar los dogmas del nacionalismo obligatorio. Tengo familia en Bilbao y siempre me repiten lo mismo. A López lo recuerdan como una gran oportunidad perdida, un mero continuista del esquema mental que impuso el PNV.

¿Le fue bien a López con su sagaz estrategia? Pues no mucho. En las siguientes elecciones vascas se estrelló: perdió el 30% de sus votos y nueve diputados, costalazo épico que lo apeó del poder. Tony Blair, viejo zorro, no deja de repetirlo, pero los inteligentes socialistas del siglo XXI no lo escuchan: “No se puede derrotar a los nacionalistas jugando al nacionalismo. La única vía es ofrecer una alternativa”.

Patxi, e insisto en que me cae bien (para ir de potes), presenta un segundo problema. Encarna uno de los hándicaps de las nuevas remesas de dirigentes: es un apparatchick. No ha currado en una empresa privada y su formación intelectual es anémica. Hijo de diputado socialista, se afilió en las juventudes a los 16 y en el partido a los 18. A los 28 ya era diputado en Madrid y después se colocó en el Parlamento vasco. Sus estudios de perito industrial se le atragantaron. Ahora bien: sobre Springsteen sabe latín.

López Álvarez se gusta. Va a por todas: hoy presentará su candidatura a jefe del PSOE. Espectacular la cantera de Ferraz: Patxi, Susana y Sánchez, tripleta de ensueño. ¿De verdad no hay otra cosa?

 

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