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Messi en el partido contra Las Palmas.
Messi en el partido contra Las Palmas. David Ramos Getty Images

Tener contento a Messi es una de las mayores aspiraciones que desarrolla un directivo del Barça, no vaya a ser que, por un causal, deje de ser directivo. Al fin y al cabo, un día el club no estará pero Messi seguirá ahí, dando títulos a la entidad, aunque la entidad ya no exista. Un enfado de Messi, o unos días demasiado melancólicos, arrastrarían consecuencias seguramente nefastas. Y es tan fácil meter la pata. Podrías quedarte corto en un elogio, o contar un chiste que no se entendiese, al estilo de Pedro Reyes, o simplemente incurrir en un olvido. Hay que medir cada palabra.

Malinterpretar, después de todo, es un vicio. En una ocasión Hollywood casi arde porque Alfred Hitchcock afirmó que los actores eran ganado. Mentira. “Lo que declaré —precisaría el cineasta— es que los actores deberían ser tratados como ganado”, que significaba algo casi distinto. De lo que se deduce que la felicidad de una superestrella depende a veces de una sutileza, de una coma. De responder “sí” en lugar de “supongo que sí” cuando te preguntan si es la más grande jamás conocida. Hay que mantenerse vigilante. Si vale de inspiración, Antonio Buero Vallejo hacía tertulia en el café Gijón con un apuntador. Dejo caer la idea.

¿Cuántas veces, a lo largo de una semana cualquiera, decimos o escribimos que Messi es el mejor futbolista del mundo, el verdadero, el único, para diferenciarlo claramente del otro mejor? Ni se sabe. Miles de miles. Muchísimas. Podrían ser pocas. El resultado es este hiperestrellazgo desaforado, que acaba por crear una extraña atmósfera. Tan extraña que si un día alguien, por despiste, o porque tiene la boca seca, no pondera que Messi es el mejor sin género de dudas, parece que le esté faltando al respeto. Hace unos días a un representante del club se le ocurrió afirmar que sin Iniesta, Neymar y Piqué, Messi no sería tan bueno, aunque seguiría siendo el mejor, y tuvieron que destituirlo. La vida de un astro desconecta lentamente de los referentes cotidianos. Llega un momento que no lo imaginas haciendo cosas comunes, como bajar al quiosco o preparar espaguetis con atún. Más bien su existencia remite a escenas futuristas, como en 2001: una odisea en el espacio, con el protagonista rodeado de aparatos ultramodernos y aislado en su bienestar, sin gravedad ni ruidos de calle.

En este clima, cuando se acerca la fecha de renovar a Messi, se dispara la angustia. ¿Y si no está lo bastante contento? ¿Y si se va? Son los interrogantes que no dejan dormir al barcelonismo. Nadie le ha dado tanto a Messi como el Barça, ni en ninguna plantilla estará mejor arropado. Pero, ¿y qué? El miedo no piensa. De ahí que los directivos insistan en no hacer nada que lo disguste. A veces recuerdan a aquella viñeta de Forges en la que un personaje le decía a otro: “Será todo el consejero delegado que quiera, pero no sabe con quién está apostando el dinero… ¡Pues bueno soy yo!…Va a saber lo que es bueno: le voy a hacer una reverencia que va a quedar tonto”.

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