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Los Tres Reyes Magos siguen contando con buena prensa.
Medio mundo habla maravillas de ellos estos días. Y le piden de todo. Veamos
quiénes eran:

El rey Melchor, ventajosito el hombre, siempre iba
adelante en la caravana. Le encantaba ser el primero así fuera en el desierto.
Por eso en el pesebre va siempre picando en punta.

Se tomó por asalto el liderazgo de la banda de los tres.
Hasta el punto de que no se doblaba una duna -la esquina del desierto- sin su
visto bueno. En el desierto sabía orientarse por el silbido del viento y por la
forma que tomaba la arena después de una tempestad.

Adivinaba el futuro, lo que no es ninguna gracia. Pero
encimaba el pasado, lo que lo convierte en el antecesor más antiguo del
regresor Brian Weiss.

Melchor todo lo convertía en plata como otro rey que anda
suelto por ahí, un tal Midas. Por eso, siempre se despedía así de sus amigos:
como el tiempo es oro no te quito más plata.

Se desestresaba de las largas caminatas en el desierto
haciendo yoga en la única joroba  de su
parsimonioso jumento. Era un  caso este
rey. Era el que llevaba la comida  y por
eso solía darles en la cabeza a sus colegas de recorrido. Fue el primero en
practicar aquello de que la caridad entra por casa.

Gaspar era el astrónomo del club. Desde que vio la estrella de Belén se dio el
caso de amor a primera vista entre los dos. Una noche que se les fue la mano en
vino, les dijo a Melchor y a Baltasar: “Mis amigos, me late que ha nacido
el Mesías y a nosotros, por las profecías, nos figuró rendirle pleitesía. Así
que olvidémonos del poder, del trago y los que se abren  rumbo a Belén”. Inclusive cuando había
viento nublado veía la estrella. Para  eso no necesitaba satélite.

Gaspar nació para ser segundo. Fue quien descubrió que el
segundo es el primero de los perdedores. Pero eso le gustaba porque así se
ahorraba el estrés de ser el líder.

En la colecta que hicieron para comprar los regalos, a
Gaspar el tocó poner la mirra que, como se sabe (?), es una “gomorrosina
en forma de lágrimas, de gusto amargo, aromática, roja, semitransparente,
frágil y brillante en su factura”. Gaspar, que era un todero fuera de
lote, preparó la mirra de un arbolito muy cuco él, de la familia de las
terebináceas que crece solo en países remotos cuyos nombres empiezan y terminan
en a, y llevan la b larga en alguna parte: Arabia y Abisinia.

Gaspar descubrió que la mirra era medicinal, servía para
embalsamar cadáveres que quedaban como para ir a una boda. O a un entierro, que
es casi lo mismo.  Además, olía muy rico
por aquello del burro y de la vaca. Apenas para aromar el portal donde olía y
“no precisamente a ámbar”, como se quejaba Don Quijote cuando Sancho
hacía sus necesidades cerca de sus narices.

La historia ha sido tacaña con el mago Baltasar, quien
manipulaba las cartas que repartía cuando tahuriaban de noche. Era el de la
lúdica. Siempre lo ubican de último en el pesebre. Pero la igualdad ha ganado
puntos. Como Obama repitió presidencia en Estados Unidos, es el primero de la
fila.

Balta, para sus amigos, sabía, inclusive antes que el
Niño Dios, que los últimos serán los primeros. Y así fue: aprovechó la noche
para adelantárseles en un descuido a Melchor y a Gaspar y fue el primero en
presentar sus respetos a Emmanuel, tocayo del niño que en Colombia  regresó del horror de las FARC.

Nunca se podrá decir de Baltasar que fuera un lambón, así
haya sido el del incienso. De los tres  fue el que mejor la pasó en la
travesía porque iba en un camello que los “expertos” denominamos
“bactriano”, o sea, que tiene dos jorobas, una de las cuales se puede
habilitar como almohada, o para hacerse cosquillas, el baño turco de los pobres.

Adicionalmente, era el que administraba la plata que se
recaudó para la travesía. No se perdió un peso. Es el patrón de los honrados. Nada
de “enriquecerse primero y honradecerse después”, como se dice de algunos
nuevos ricos criollos de la era de internet.

Como no
había mucho qué comprar, ni dónde,  al Negro
Baltasar le sobró plata. Por eso es el que deposita los regalos en los
zapaticos que los ilusos sin remedio seguimos colocando el seis de enero detrás
de alguna puerta.

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