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Martes, 24 de enero del 2017 – 20:45 CET

Licenciado en lengua y literatura francesas y máster en traducción árabe-francés, Mayyar Skhita (Alepo, 1975) llegó hace apenas cuatro meses a Barcelona para estudiar un máster de gestión de inmigración en la Universitat Pompeu Fabra (UPF). El próximo 7 de febrero, él y la que fuera su profesora de español en Siria, Alejandra Álvarez, ofrecerán una charla sobre la vida en Alepo antes de la guerra (campus de la Ciutadella, 19.00 horas, inscripción obligatoria).

–¿De qué parte de Alepo es usted? Nací en el barrio popular de Muhafaza. Mi familia es de tradición musulmana, pero no somos practicantes y yo fui a una escuela en un barrio cristiano. Alepo tenía barrios musulmanes, cristianos, armenios, kurdos y otros más mezclados. Salíamos todos juntos, íbamos de un barrio a otro. Jamás imaginamos que todo esto se evaporaría.

–¿Solía discutir de política con los amigos? Las opiniones sobre Bashar el Asad dividían a las personas, incluso dentro de las familias. Yo intentaba mantenerme al margen porque no quería perder amigos por la política. También observaba que el conflicto entre la modernidad y cierta visión superficial del islam crecía, pero no hablaba de ello.

–La guerra en Siria estalló en el 2011, pero aún tardaría un año en llegar a Alepo. Alepo era muy activa a nivel cultural y comercial. Desde marzo del 2011 sabíamos que había manifestaciones –cosa rara en un país donde la policía secreta controlaba a la población–, pero al menos en mi entorno no queríamos problemas, queríamos seguir con nuestra vida, salir a cenar, viajar… Pero aquella vida desapareció para no volver. La guerra no solo ha destruido edificios, ha destruido el carácter de las personas.

–¿Pensó en implicarse políticamente? Al principio no estaba de acuerdo con las manifestaciones, no veía al país preparado para el cambio, pero al ver cómo el régimen trataba violentamente a la gente cambié de opinión. Pero ser activista era muy peligroso. Además, yo sería incapaz de disparar; mi carácter es de paz, me gusta la vida, hacer amigos, la humanidad.

–¿Cómo fue cambiando su día a día? El miedo se fue apoderando de nosotros. El verano del 2011 fue el primero en que la gente no se atrevió a coger la carretera para ir a la playa. En agosto todos mis amigos extranjeros se habían ido. Dejamos de salir por la noche y el centro se llenó de policías y militares, mientras los rebeldes entraban armados en los barrios populares.

–La guerra se iba haciendo visible. Junto a mi casa, en el barrio de Gharb Al-Zahraa, estaba la artillería del Ejército. Los cañones retumbaban cada 10 minutos, la casa temblaba y no podía dormir.

–Los que podían se iban de la ciudad. Yo me fui en agosto del 2012 para unirme con mis padres y mi hermano, que vive en los Emiratos Árabes. Pero allí no tenía derechos y volví en septiembre del 2013. Mi barrio estaba bajo control del régimen, se había producido un cambio demográfico y ya no conocía a la gente. Cristianos y armenios se habían ido y creo que había más musulmanes chiís [Alepo era de mayoría suní]. Secuestraron a mi tío e intentaron secuestrarme a mí también. Aquello no solo me cambió la vida, me cambió el carácter, la personalidad. Tenía miedo de todo.

–¿Cómo acabó en Barcelona? La que fue mi profesora de español en la universidad de Alepo, Alejandra Álvarez, me avisó de que había becas para estudiar aquí y la Pompeu Fabra me facilitó las gestiones. El ambiente de Barcelona se parece al de Alepo y me siento muy a gusto.

–¿Qué le queda de su ciudad? Una maleta con algo de ropa, cuatro pastillas del jabón típico de Alepo y las fotos que pude reunir. Es todo lo que tengo.

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